CAMINANTES
" Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar"
A ti, por enseñarme a disfrutar del camino y porque en la distancia seguimos andando juntos
Al dar el siguiente paso él estaba ahí, caminando a mi lado. Aunque llegó sin que yo me diera cuenta, al ponerse a mi altura me resultó estridente y ruidoso. Alteraba mi caminar de una forma que no tenía prevista, y desde luego no me gustaba o por lo menos no en aquel momento. Así que hice lo que cualquiera en mi situación, aumenté el ritmo para librarme de él y volver solo a mí. Y aún así,le seguía oyendo. Lo había cambiado todo, llenándolo de ruidos y voces. Por mucho que intentara adelantarle siempre seguía oyéndole, como un zumbido que en cuanto lo percibes por primera vez no puedes dejarlo pasar.
Así que apreté el paso más y más, hasta que el cansancio fue extenuante y tuve que parar. Solo un segundo, lo suficiente para darme cuenta de lo alto que había subido. Me había despistado, y por querer huir de él me había confundido de camino. Una oleada de vértigo me invadió. Me sentí perdida, no tenía pensado llegar hasta ahí. Sentada sobre una piedra, al borde del vómito, me alcanzó de nuevo. Hizo algo de lo que hoy todavía me asombro. Se sentó a mi lado y me sujetó la frente. Yo le había dejado solo y sin embargo él se paraba junto a mí.
Al volver a mirar el camino, ya no me pareció tan alto, y pensé que si él conocía el camino, tampoco estaba perdida. Así que mi opción era caminar con él. La única. Pronto me di cuenta de que no era tan mal compañero de viaje como había pensado, empecé a ver más allá. El camino rocoso de antes empezó a hacerse ameno, parecía más ancho y llano. Disfrutábamos del viaje y de la compañía, pero tanto era así, que esta vez los dos descuidamos el camino y acabamos perdidos otra vez. Quizá no fuera la ruta equivocada, pero ninguno de los dos la hubiese cogido conscientemente. Sin darnos cuenta y de forma súbita el camino se hizo escarpado, abrupto, hostil. Al estrecharse el camino, él me intentó coger de la mano, pero yo necesitaba las dos para mantenerme de pie. Un gesto, una decisión errónea, suya o mía, eso nunca lo sabré, y volvimos otra vez al principio. Era el momento de estar de pie o de perder el equilibrio y preferimos opciones distintas. Puede ser que la situación decidiera por cada uno, la cuestión es que yo caí y el siguió. Cuando me levanté ya no estaba, y lo peor de todo, tampoco le oía. El silencio lo invadió todo. Al principio pensé que era un alivio, otra vez yo y mi camino sin más errores. Pero ese pensamiento duró muy poco. Cuando el camino se allanó de nuevo el silencio empezó a contrastar con las voces disonantes de mi cabeza. Voces que replanteaban cada cruce, cada desviación tomada, cada ramal elegido. El caminar que había sido divertido se convirtió en una prueba continua, haciendo que ya no quisiera seguir aunque no tenía más opción.
De repente, al girar una curva, volví a verle. Parado, esperándome. Con una esa sonrisa franca volvió a mi lado, no sé por qué, pero ahí estaba. Solo sé que al verle, fui yo quién le cogió la mano, y así cogidos echamos a andar.
Así que apreté el paso más y más, hasta que el cansancio fue extenuante y tuve que parar. Solo un segundo, lo suficiente para darme cuenta de lo alto que había subido. Me había despistado, y por querer huir de él me había confundido de camino. Una oleada de vértigo me invadió. Me sentí perdida, no tenía pensado llegar hasta ahí. Sentada sobre una piedra, al borde del vómito, me alcanzó de nuevo. Hizo algo de lo que hoy todavía me asombro. Se sentó a mi lado y me sujetó la frente. Yo le había dejado solo y sin embargo él se paraba junto a mí.
Al volver a mirar el camino, ya no me pareció tan alto, y pensé que si él conocía el camino, tampoco estaba perdida. Así que mi opción era caminar con él. La única. Pronto me di cuenta de que no era tan mal compañero de viaje como había pensado, empecé a ver más allá. El camino rocoso de antes empezó a hacerse ameno, parecía más ancho y llano. Disfrutábamos del viaje y de la compañía, pero tanto era así, que esta vez los dos descuidamos el camino y acabamos perdidos otra vez. Quizá no fuera la ruta equivocada, pero ninguno de los dos la hubiese cogido conscientemente. Sin darnos cuenta y de forma súbita el camino se hizo escarpado, abrupto, hostil. Al estrecharse el camino, él me intentó coger de la mano, pero yo necesitaba las dos para mantenerme de pie. Un gesto, una decisión errónea, suya o mía, eso nunca lo sabré, y volvimos otra vez al principio. Era el momento de estar de pie o de perder el equilibrio y preferimos opciones distintas. Puede ser que la situación decidiera por cada uno, la cuestión es que yo caí y el siguió. Cuando me levanté ya no estaba, y lo peor de todo, tampoco le oía. El silencio lo invadió todo. Al principio pensé que era un alivio, otra vez yo y mi camino sin más errores. Pero ese pensamiento duró muy poco. Cuando el camino se allanó de nuevo el silencio empezó a contrastar con las voces disonantes de mi cabeza. Voces que replanteaban cada cruce, cada desviación tomada, cada ramal elegido. El caminar que había sido divertido se convirtió en una prueba continua, haciendo que ya no quisiera seguir aunque no tenía más opción.
De repente, al girar una curva, volví a verle. Parado, esperándome. Con una esa sonrisa franca volvió a mi lado, no sé por qué, pero ahí estaba. Solo sé que al verle, fui yo quién le cogió la mano, y así cogidos echamos a andar.
Todavía hoy seguimos caminando, mano a mano, aunque a veces el camino nos separe.

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