REBELDIAS


Me rebelé. Todo lo airadamente que pude. Me rebelé porque tenía que sacar esa rabia que se me acumulaba dentro y que me empezaba a comer por dentro. Necesitaba un culpable, y fuiste mi único recurso. No entendí como permitías todo lo que estaba pasando, y a la vez me resultaba tan típico y previsible, tan poco rebelde. Me limité a llorar, a encerrarme en mí, a no asumirlo, buscando causas y culpables que no existían pero que todos necesitábamos.
 Así que te dejé a un lado, porque me dolías. Lo cierto es que con el tiempo toda esa gran rebeldía se convirtió en desdén. En pereza de volver, en vergüenza por haberme ido, por no haber confiado. Y día a día, todo siguió como siempre. Todo volvió a como era antes, a la paz y calma en la que sé vivir. Esa calma y esa paz en la que siempre me he sentido bien, y sin embargo ahora, en ese sosiego algo me fallaba. Sentía un vacío, pero un vacío que pesaba. Un peso que me oprimía el pecho, que aunque lo ignorase siempre había un momento, un detalle en el que se hacía presente. Sentía una congoja que no había sentido nunca. Pero empecé a comprender, estaba huyendo. Huyendo de una parte de mí, solamente porque había encontrado la excusa para hacerlo, para dejar de lado mi cruz, para no cargarla. La excusa para abandonarme, para abandonarte y dejar de esforzarme.
Y aquí estoy. Han pasado meses. El eco de mis tacones resuena al golpear con la piedra del suelo. Lo cierto es que estoy nerviosa. Me siento en el banco de madera y me planteo porqué he tardado tanto en volver. Y es ahí, volviendo a llamarte padre, donde empiezo a sentirme mejor.

Comentarios

Entradas populares de este blog

ECOS