pequeños rituales
Nunca le había importado demasiado quedarse sola. Quizá porque nunca lo había interpretado como soledad, era más bien intimidad. Lo cierto es que disfrutaba con su pequeña rutina, le gustaba pensar que era algo más que eso, que tenía algo de ritual, algo de sagrado. Todas las tardes, después de comer se preparaba una taza de café bastante cargado, con un poco de azúcar y sobre todo, muy caliente. Antes de salir de la cocina lo removía y tomaba un sorbo. No había nada mejor que sentir ese sabor amargo en la boca y cómo iba bajando el café hacia el estómago haciendo que el frío se alejara de su cuerpo, aunque no de sus manos que siempre estaban frías. Después de eso, cogía la manta del armario del pasillo y se envolvía entre ella y el sofá. Y en silencio, lentamente, tomaba su café. Pequeños sorbos. Pausados. Nada era urgente. Había aprendido a vivir con el silencio, y le encantaba, así, todo era sencillo, todo tenía la importancia justa, porque el silencio relativizaba las cosas. En ese momento el sentimiento en la boca del estómago, la angustia, las ganas de llorar, el desdén, no importaban. El silencio se reconciliaba con ella, y aunque todo siguiera adelante, ese era su momento para pararlo todo un segundo
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