SOL DE INVIERNO
La diferencia entre esta fría mañana de diciembre y cualquier otra es mínima. Ella se levanta de la cama dejándome en la misma postura que estaba ayer por la noche. La miro mientras se viste: ¡qué guapa está! En estos años que llevamos juntos la he visto cambiar y madurar, pero aunque parezca imposible sigue igual, tan preciosa como siempre, aún más si cabe. Ahora sus ojos brillan con más fuerza y serenidad, se nota que ya no es la chiquilla que conocí hace ya tantísimos inviernos.
Termina de vestirse y se va corriendo porque llega tarde, como siempre. En eso tampoco ha cambiado. Al salir de la habitación no me dirige ni una mirada, ni un adiós, ni un beso. Y yo me quedo solo, terriblemente solo, en la enorme cama deshecha. Y así, un día tras otro ella sigue con su vida y yo siento que ya no formo parte de ella.
Tengo la certeza de que cada día nos hemos ido distanciando más y más, de que ella ya no me necesita pero yo a ella sí. Sin ella, mi existencia no tiene sentido. Ya no soy importante en su vida. Recuerdo que antes, cuando tenía algún problema o se sentía mal, venía corriendo a donde yo estaba, me abrazaba muy fuerte, a veces incluso lloraba en mi hombro, sin necesidad siquiera de hablar o contarme su problema. Al sentirse a mi lado siempre se encontraba mejor, sonreía y me daba un beso. ¡Cómo echo de menos aquellos besos tan dulces! Ahora ya no habla conmigo, se ha ido convirtiendo poco a poco en una extraña con la que comparto cama. Siento que dentro de poco llegará el día en el que deje de acurrucarse a mi lado, me relegue de su colchón y silenciosamente me abandone.
Mis días se pasan pensando en ella, maldiciendo lo desgraciado que soy. Aunque tampoco hago nada para que cambie. Pero, realmente, ¿qué puedo hacer yo? Me siento tan impotente…Son tantas las veces que he intentado decirle algo y la voz se me ha quedado en la garganta. Supongo que ya es demasiado tarde para arreglarlo. Debí haber hecho o dicho algo cuando todo empezaba a ir mal y se podía vislumbrar el temido fracaso. Entonces tal vez, solamente tal vez, podría haberlo evitado si es que no era irremediable. Pero, como siempre en la vida, aceptar nuestras derrotas es difícil y más cuando conllevan el fracaso de toda una vida. Como era de esperar, en ese momento (no sé si consciente o inconscientemente) me engañé. Me cegué, preferí cerrar los ojos y decirme a mí mismo que no era cierto, que ella seguía como siempre, incondicionalmente a mi lado. Elegí abrirlos cuando ya todo estaba perdido. Opté por lamentarme en vez de actuar. Pensándolo ahora, debió de ser el miedo el que me perturbó. Aunque… ¿miedo a qué? ¿A tener la posibilidad de que las cosas fueran mejor? Puede que fuese al fracaso. Otra vez el maldito fracaso. No podría haber soportado el intentarlo y no haberlo conseguido. Quizá por eso pensé que era mejor así, diciéndome que no lo vi porque la luz me cegaba y que cuando se apagó ya no había oportunidad de actuar. Pero tampoco me di cuenta. Ahora, con unos cuantos años más y la serenidad que me aportan veo que cabía la posibilidad de arrepentirse, que siempre es mejor morir matando. No sé si mejor, pero desde luego menos reprochable. Pero ya da lo mismo. Todo esto no son más que las cavilaciones de un viejo derrotista y cansado que añora una juventud desperdiciada sin luchar. Al fin y al cabo ¿no es ley de vida? Cuando todo empezó, cuando la conocí, yo ya sabía que esto pasaría, que era parte de las reglas del juego. Pero al mirar por primera vez sus ojos pensé que lo aceptaría, que quedaba mucho tiempo, que no tenía por qué pasarme a mí. Y ahora…Todo es distinto ahora. Ella ha crecido y poco a poco ha ido olvidando al viejo osito de peluche que su madre le regaló un seis de enero, y que dentro de poco hará su último viaje desde la cama de su dueña hasta una húmeda y mohosa caja de cartón, que presumiblemente acabará sus días en el contenedor de la esquina. Porque al fin y al cabo solo es un montón de trapos viejos.
Termina de vestirse y se va corriendo porque llega tarde, como siempre. En eso tampoco ha cambiado. Al salir de la habitación no me dirige ni una mirada, ni un adiós, ni un beso. Y yo me quedo solo, terriblemente solo, en la enorme cama deshecha. Y así, un día tras otro ella sigue con su vida y yo siento que ya no formo parte de ella.
Tengo la certeza de que cada día nos hemos ido distanciando más y más, de que ella ya no me necesita pero yo a ella sí. Sin ella, mi existencia no tiene sentido. Ya no soy importante en su vida. Recuerdo que antes, cuando tenía algún problema o se sentía mal, venía corriendo a donde yo estaba, me abrazaba muy fuerte, a veces incluso lloraba en mi hombro, sin necesidad siquiera de hablar o contarme su problema. Al sentirse a mi lado siempre se encontraba mejor, sonreía y me daba un beso. ¡Cómo echo de menos aquellos besos tan dulces! Ahora ya no habla conmigo, se ha ido convirtiendo poco a poco en una extraña con la que comparto cama. Siento que dentro de poco llegará el día en el que deje de acurrucarse a mi lado, me relegue de su colchón y silenciosamente me abandone.
Mis días se pasan pensando en ella, maldiciendo lo desgraciado que soy. Aunque tampoco hago nada para que cambie. Pero, realmente, ¿qué puedo hacer yo? Me siento tan impotente…Son tantas las veces que he intentado decirle algo y la voz se me ha quedado en la garganta. Supongo que ya es demasiado tarde para arreglarlo. Debí haber hecho o dicho algo cuando todo empezaba a ir mal y se podía vislumbrar el temido fracaso. Entonces tal vez, solamente tal vez, podría haberlo evitado si es que no era irremediable. Pero, como siempre en la vida, aceptar nuestras derrotas es difícil y más cuando conllevan el fracaso de toda una vida. Como era de esperar, en ese momento (no sé si consciente o inconscientemente) me engañé. Me cegué, preferí cerrar los ojos y decirme a mí mismo que no era cierto, que ella seguía como siempre, incondicionalmente a mi lado. Elegí abrirlos cuando ya todo estaba perdido. Opté por lamentarme en vez de actuar. Pensándolo ahora, debió de ser el miedo el que me perturbó. Aunque… ¿miedo a qué? ¿A tener la posibilidad de que las cosas fueran mejor? Puede que fuese al fracaso. Otra vez el maldito fracaso. No podría haber soportado el intentarlo y no haberlo conseguido. Quizá por eso pensé que era mejor así, diciéndome que no lo vi porque la luz me cegaba y que cuando se apagó ya no había oportunidad de actuar. Pero tampoco me di cuenta. Ahora, con unos cuantos años más y la serenidad que me aportan veo que cabía la posibilidad de arrepentirse, que siempre es mejor morir matando. No sé si mejor, pero desde luego menos reprochable. Pero ya da lo mismo. Todo esto no son más que las cavilaciones de un viejo derrotista y cansado que añora una juventud desperdiciada sin luchar. Al fin y al cabo ¿no es ley de vida? Cuando todo empezó, cuando la conocí, yo ya sabía que esto pasaría, que era parte de las reglas del juego. Pero al mirar por primera vez sus ojos pensé que lo aceptaría, que quedaba mucho tiempo, que no tenía por qué pasarme a mí. Y ahora…Todo es distinto ahora. Ella ha crecido y poco a poco ha ido olvidando al viejo osito de peluche que su madre le regaló un seis de enero, y que dentro de poco hará su último viaje desde la cama de su dueña hasta una húmeda y mohosa caja de cartón, que presumiblemente acabará sus días en el contenedor de la esquina. Porque al fin y al cabo solo es un montón de trapos viejos.
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